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dilluns, 10 de juliol de 2017

Sobre la primacía del papa





Hoy les traemos un folleto de la parroquia de San Carlo al Corso, en Roma, explicando el origen y las consecuencias del primado de Pedro.


¿Sobre qué base se fundamenta la primacía de pedro, y por lo tanto del papa?

Se basa en la voluntad del propio Cristo.


¿Dónde aparece tal voluntad de Cristo?

En las páginas del Evangelio y en parte de los Hechos de los Apóstoles están presentes “numerosos indicios” que manifiestan la voluntad de Cristo de atribuirle a Pedro un especial relieve dentro del Colegio de los Apóstoles. Por ejemplo: 
Él es el único apóstol al que Jesús asigna un nuevo nombre, Cefas, que quiere decir “Piedra.” El evangelista Juan escribe así al respeto: “Fijando en él mirada, dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; te llamarás Kefas (que quiere decir a Pedro)” (Jn 1,42).
Jesús no solía cambiar el nombre a sus discípulos. Si se exceptúa el apelativo de “hijos del trueno”, dirigido en una precisa circunstancia a los hijos de Zebedeo (cfr. Mc 3,17) y no usado otra vez después, Él no ha atribuido nunca un nuevo nombre a un discípulo suyo.
Lo ha hecho en cambio con Simón, llamándolo Cefas, nombre que fue después traducido en griego Petros, en latin Petrus. Y fue traducido precisamente porque no fue sólo un nombre; fue un “mandato” del Señor lo que Petrus recibía en aquel modo. No hay que olvidar que en el Antiguo Testamento, el cambio del nombre generalmente anunciaba el encargo de una misión (cfr. Gn 17,5; 32,28 ss. etc.). El nuevo nombre Petrus aparecerá más veces en los Evangelios y acabará reemplazando el nombre originario Simón. 
Otros indicios son: 
-Después de Jesús, Pedro es el personaje más conocido y citado en los escritos neotestamentarios: es mencionado 154 veces con el apodo de Pètros, “piedra”, “roca”; 
-Los Evangelios nos informan que Pedro es uno de los primeros cuatro discípulos del Nazareno (cfr. Lc 5, 1-11); 
-En Cafarnaum el Maestro se aloja en la casa de Pedro (cfr. Mc 1,29); 
-Cuando la muchedumbre se amontona alrededor en la ribera del lago de Genesaret, entre las dos barcas allí ancladas, Jesús elige aquella de Simón (cfr. Lc 5,3) y así la barca de Pedro se convierte en la cátedra de Jesús; 
-Cuando en circunstancias particulares Jesús se hace acompañar solamente de tres discípulos, Pedro siempre es recordado como el primero del grupo: así en la resurrección de la hija de Jairo (cfr. Mc 5,37; Lc 8,51), en la Transfiguración (cfr. Mc 9,2; Mt 17,1; Lc 9,28) y finalmente durante la agonía en el huerto del Getsemaní (cfr. Mc 14,33; Mt 16,37); 
-Los recaudadores de los impuestos del Templo se dirigen solamente a Pedro y el Maestro paga por sí y por él (cfr. Mt 17. 24-27); 
-Pedro es el primero a quien Jesús lava los pies en la última Cena (cfr. Jn 13,6); 
-Es solamente por él que ruega para su fe no desfallezca y pueda luego confirmar en ella a los otros discípulos (cfr. Lc 22, 30-31). 


¿Es Pedro consciente de esta su posición particular? 
Sì. En efecto: 
-Es él quien a menudo, a nombre también de los otros, habla pidiendo la explicación de una parábola difícil (cfr. Mt 15,15) o el sentido exacto de una regla (cfr. Mt 18,21) o la promesa formal de una recompensa (cfr. Mt 19,27) 
-Es él quien soluciona la incomodidad de ciertas situaciones, interviniendo en nombre de todos. Así cuando Jesús, triste por la incomprensión de la muchedumbre después del discurso sobre el “pan de vida”, pregunta: “¿Queréis también iros vosotros?”, la respuesta de Pedro es perentoria: “¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (cfr. Jn 6, 67-69); 
-Igualmente decidida es la profesión de fe que, otra vez en nombre de los Doce, él hace en las cercanías de Cesarea de Filipo. A Jesús que pregunta: “¿Vosotros quién decís que yo sea?”, Pedro contesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16, 15-16).

Pedro ha seguido a Jesús con altura, ha superado la prueba de la fe, abandonándose a Él. Llega sin embargo el momento en que también él cede al miedo y cae: traiciona al Maestro (cfr. Mc 14,66-72). Pedro que prometió fidelidad absoluta, conoce la amargura y la humillación de la negación. Pero se arrepiente, reconociendo su grave pecado: estalla en un liberador llanto de arrepentimiento.
Y es justo a él, a Pedro, que Jesús confía una misión especial, que es descrita por el evangelista Juan en aquel famoso diálogo que tiene lugar entre Jesús y Pedro (cfr. Jn 21, 15-18). En tal diálogo se evidencia un juego de verbos muy significativos. En griego el verbo “fileo” expresa el amor de amistad, tierno pero no totalizante, mientras el verbo “agapao”, ágape, significa el amor sin reservas, total e incondicional. Jesús le pregunta a Pedro la primera vez: “Simón… ¿me quieres tú (agapâs-me) con este amor total e incondicional (cfr. Jn 21,15)? Antes de la experiencia de la traición el apóstol habría ciertamente dicho: “Te quiero (agapô-se) incondicionalmente.” Ahora que ha conocido la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de la misma debilidad, dice con humildad: “Señor, te quiero (filô-se)”, es decir te quiero “con mi pobre amor humano.” El Cristo insiste: “¿Simón, me quieres tú con este amor total que yo quiero?”. Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: “Kyrie, (filô-se”) “Señor, te quiero como sé querer”. Por tercera vez Jesús le dice a Simón solamente: “¿Fileîs-me?, “me quieres?”. Simón comprende que a Jesús basta su pobre amor, lo único de que es capaz, y sin embargo está triste que el Señor haya tenido que decirle así. Le contesta por tanto: “Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero (filô-se)”. 

¿Cuál es la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia? 
Cuando Jesús afirma: “Y yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… A ti daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que atarás sobre la tierra será atado en los cielos y todo lo que desatarás sobre la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19).

En tal afirmación, son muy claras las tres metáforas a las que Jesús recurre: 
-Pedro será el fundamento de piedra sobre el cual apoyará el edificio de la Iglesia; 
-Él tendrá las llaves del Reino de los cielos para abrir o cerrar justamente a quien él considere; 
-Finalmente, él podrá atar o desatar en el sentido que podrá establecer o prohibir lo que creerá necesario para la vida de la Iglesia, que es y permanece siempre de Cristo. Siempre es Iglesia de Cristo y no de Pedro.

Así es descrito, con imágenes fáciles de entender, lo que la reflexión posterior calificará con el término de “primacía de jurisdicción.” 

¿Esta posición de preeminencia, que Jesús ha querido otorgarle a Pedro, se encuentra también después de la resurrección de Cristo? 
Ciertamente. En efecto: 
-Jesús encarga a las mujeres de llevar el anuncio a Pedro, distinto de los otros Apóstoles (cfr. Mc 16,7); 
-Cuando él y Juan corren, tras el anuncio de la Magdalena sobre la piedra corrida de la entrada del sepulcro (cfr. Jn 20,2), Juan le cederá al paso cuando los dos lleguen a la tumba vacía (cfr. Jn 20,4-6); 
-Será luego Pedro, entre los Apóstoles, el primer testigo de una aparición del Resucitado (cfr. Lc 24,34; 1 Cor 15,5).

Este rol propio, subrayado con precisión (cfr. Jn 20,3-10), muestra la continuidad entre la preeminencia tenida en el grupo apostólico y la preeminencia que seguirá teniendo en la comunidad nacida con los acontecimientos pascuales, como certifica el Libro de los Hechos (cfr. Hch 1,15-26; 2,14-40; 3,12-26; 4,8-12; 5,1-11.29; 8,14-17; 10; etc.). 

Su comportamiento es considerado tan decisivo, que es objeto de observaciones y también de críticas (cfr. Hch 11,1-18; Gal 2,11-14). 

En el llamado Concilio de Jerusalén, Pedro cumple una función directiva (cfr. Hch 15 y Gal 2,1-10), y justo por ser el testigo de la fe auténtica Pablo mismo reconocerá en él cierta cualidad de “primero” (cfr. 1 Cor 15,5; Gal 1,18; 2,7s.; etc.).
El hecho, además, de que diferentes de los textos claves referidos a Pedro puedan ser ubicados en el contexto de la última Cena, en la que Cristo le otorga a Pedro el ministerio de confirmar a los hermanos (cfr. Lc 22,31 s.), enseña como la Iglesia que nace del memorial pascual, celebrado en la Eucaristía, tenga en el ministerio confiado a Pedro uno de sus elementos constitutivos. 


¿Cuál es el sentido último de la primacía de Pedro? 
Esta contextualización de la Primacía de Pedro en la última Cena, en el momento instituyente de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de esta Primacía: 
Pedro, en todos los tiempos, debe ser el guardián de la comunión con Cristo; tiene que conducir a la comunión con Cristo.
Tiene que preocuparse de que la red no se rompa y pueda persistir así la comunión universal. Sólo junto a Pedro, podemos estar con Cristo, quien es el Señor de todos.
Responsabilidad de Pedro es garantizar así la comunión con Cristo, con la caridad de Cristo, conduciendo a la realización de esta caridad en la vida de cada día. 


¿De qué manera está unida la primacía de Pedro a Roma? 
Pedro fue a Roma, centro del imperio, símbolo del “Orbis” (el mundo entero) -la “Urbs” (la ciudad de Roma) que expresa el “Orbis”- donde concluye con el martirio su carrera al servicio del Evangelio. Por ésto la sede de Roma, que recibió el mayor honor, también recogió la tarea confiada por Cristo a Pedro: de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad del entero Pueblo de Dios.
La sede de Roma ha sido así reconocida como la del sucesor de Pedro, y la “cátedra” de su obispo representó la del apóstol encargado por Cristo de apacentar todo su rebaño.

Los más antiguos Padres de la Iglesia lo certifican, como por ejemplo: 

-San Ireneo (obispo de Lyon, aunque vino del Asia Menor) quien en su tratado Contra las herejías, en el 180 d. C., describe la Iglesia de Roma como “más grande y más antigua, conocida por todos; … fundada y constituida en Roma por los dos gloriosos apóstoles Pedro y Pablo”; y añade: “Con esta Iglesia, por su eximia superioridad, debe acordarse la Iglesia universal, es decir los fieles que están en todo lugar” (III, 3, 2-3). 

-Tertulliano, algo más tarde, (en el 200 d. C.) por su parte afirma: “¡Esta Iglesia de Roma, cuánto es dichosa! Fueron los Apóstoles mismos a derramar en ella, con su sangre, toda la doctrina” (La prescripción de los herejes, 36).
-San Jerónimo (que nació hacia el 340 en Stridone, en los confines con la Panonia): “He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra aquella fe que la boca de un Apóstol ha exaltado; ahora vengo a pedir allí un nutrimento para mi alma, donde un tiempo recibí el vestido de Cristo. Yo no sigo otra primacía si no aquella de Cristo; por ésto me pongo en comunión con tu beatitud, es decir con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Las cartas I, 15,1-2).

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